sitio*TAXI
Para explicar sitio*TAXI es necesario que se imagine usted mismo mezclando medios de comunicación de alta tecnología, cantidades nada despreciables de arte y dosis industriales de sociología. Imagínese, además, inmerso en una gigantesca jungla de asfalto, una que no tiene ni principio ni fin, completamente saturada de edificaciones de todo tipo y fraccionada por miles y miles de calles y avenidas que llevan a todas partes o a ninguna. Agregue a esa jungla interminable millones de urbanautas de todas las edades, estresados por horarios y ritmos infernales, deambulando como ejércitos de hormigas por todas partes. Finalmente, imagínese detrás del volante de un taxi, haciendo rutinas diarias de 10 o 12 horas de recorridos inmensos.
Una vez ubicado en esta trama, la acción que se le pide hacer es registrar todo aquello que considere relevante mediante un sofisticado teléfono celular, grabar voces o sonidos, captar escenas fijas o en movimiento, trasmitirlo por la internet y publicarlo en una página de web: www.zexe.net/TAXI… ¡sin intermediarios! Tiene, así, los ingredientes básicos de este experimento social y artístico que el artista catalán Antoni Abad (1956) está desarrollando en nuestra ciudad desde el 13 de marzo pasado.
Ahora bien, vayamos al cóctel que mezcló usted en el primer párrafo y obtengamos tres maneras posibles de entender este evento: una que lo haga desde una perspectiva tecnológica, otra desde el arte y una más desde lo social, los tres ingredientes básicos que lo componen.
1. Desde la perspectiva tecnológica, sitio*TAXI resulta un evento sumamente innovador y libertario (para no emplear la palabra democrático, tan desprestigiada hoy en nuestro país). Es innovador no tanto por las herramientas tecnológicas que utiliza como por el uso que les asigna. Veámoslo así: la combinación de teléfonos celulares capaces de enviar mensajes multimedia directos a la internet, y la red misma como el foro mundial de publicaciones e información que es, hace que los participantes del proyecto, taxistas reales de carne y hueso (algunos con más de 20 años en el oficio), se conviertan en los protagonistas centrales y, a la vez, en los interlocutores entre la jungla sin fin (ciudad) y su mundo de la vida (vida cotidiana). No es el medio (teléfono celular, internet, página de web) el mensaje, sino el mismo usuario quien se comporta y es el mensaje, lo que ve, lo que considera pertinente, relevante, significativo en una jornada de trabajo.
sitio*TAXI hace posible, entonces, que el público de la calle, digamos la mirada sin autor y anónima, publique sin cortapisas ni censores en la Gran Red Mundial (www). Se trata de acceder a las redes de comunicación mundial de una manera por demás libre y directa, de tal forma que el caracter innovador de este proyecto radica en reasignar el uso de tecnología de punta, aún elitista o de uso restringido en nuestro país, con el fin de potenciar las otras perspectivas, las otras voces y miradas, y dejarlas expresarse y exponerse en el ágora pública de la internet.
Y es libertario en la medida que hace válida la profecía del gurú McLuhan: nunca antes en México el uso de una tecnología de comunicación había "ensanchado", "expandido" o "alargado" las potencialidades naturales de la comunicación humana. sitio*TAXI ha hecho posible que, de la nada, la voz de los trabajadores del volante, la mirada, los oídos, el sentir todo, rebasen y transciendan las limitantes del cuerpo humano y se fijen en las pantallas de cualquier terminal, de cualquier computadora encendida en cualquier parte del mundo. La tecnología opera aquí como un dispositivo humanizador.
2. Desde la perspectiva del arte, sitio*TAXI se comporta como un objeto y una acción, ambos encuadrados en los terrenos de la metáfora.
Es objeto en tanto que toda la información trasmitida por quienes participan termina en una página de web que puede ser vista por cualquiera que así que lo desee. Es así un objeto visual público y colectivo que carece de Autor. Una obra posmoderna de arte electrónico, de multimedia, que puede resistir cualquier tipo de lectura siempre y cuando no se intente una lineal o textual, y cuyo centro no está ocupado por el artista creador, ni por el medio como ya vimos. Menos por las instituciones que lo han hecho posible. En todo caso, el centro de esta obra de arte está en la periferia, en los trasmisores aleatorios que se incorporaron al proyecto por estrictas razones del destino.
Quien se asome a ella verá algo más que un catálogo de imágenes referidas al inagotable mundo del taxi. Verá también una obra en movimiento, siempre distinta cada vez que se publica un mensaje (gráfico, de texto o de audio). Es por lo tanto una obra que para completarse necesita del espectador que, como suele suceder en las obras de arte contemporáneo, hará la lectura que le convenga, a su modo. Tomará lo que le interese y se llevará lo que le impresione.
En tanto acción, sitio*TAXI sustrae del reducido círculo de usuarios de alta tecnología los medios indispensables para acceder a las grandes ligas de la comunicación de masas, y los ofrece a un grupo de actores sociales estratégicos -por cierto bastante estigmatizados por los medios de comunicación- sin hacerlos pasar por escabrosos filtros de selección, ni exigirles formación técnica o especializada, tal y como el Prometeo aquél que robó el fuego de los dioses para ofrecerlo a los hombres simples y llanos de su tiempo.
Vemos aquí un cambio de uso en un implemento tecnológico, en mi opinión algo muy común en la historia del arte, que incide directamente en la experiencia del usuario: libre de las ataduras propias de las funciones originales del implemento, lo utiliza como un medio para el experimento, para la exploración, para la experiencia lúdica y creativa, dejando en evidencia la estrecha relación entre el arte y la tecnología, y de manifiesto el papel contestatario y visionario que en esa relación juega el artista. Lejos de asumir las reglas o instrucciones que regulan las tecnologías del momento, el artista las asume como instrumentos para la acción creativa.
Antoni Abad confirma lo anterior con esta acción artística en directo. Es decir, sustrae del olimpo tecnológico medios de comunicación (celular e internet) que reparte entre choferes de taxi de la ciudad de México, quizá la más poblada del mundo. Y entonces, una vez más, el instrumento se convierte en el argumento de la exploración, en la interfase y el pretexto para experimentar y crear. En este experimento, el mirar artístico (vía medio) ha contagiado a los choferes: día a día van creando mosaicos de imágenes de la ciudad, muy diversos y ricos en colores, en temas y escenas, acompañadas de audio, video y texto. Sus miradas convergen en un sitio electrónico donde generan cuadros arbitrarios y complejos que hablan de una ciudad tal cual: arbitraria, inmensa, diversa, llena de contrastes, escenas o temas.
Constatamos así la invasión del mirar artístico en el mundo de la mirada laboral (ese que se alimenta de la rutina, la monotonía, lo predecible) y entonces cada momento, cada escena, cada día, cada noche, cada instante se hace único y distinto, memorable e irrepetible, digno de publicarse en la internet. La vida cobra entonces un significado más. O uno nuevo, según el caso, y es esto una de las propuestas más interesantes y agudas de sitio*TAXI: su impacto en el mundo de lo social, la huella que dejará entre quienes participaron, las posibilidades que abre para la comunicación social sin intermediarios, el uso que se le puede dar a los medios para potenciar y facilitar la creación colectiva, para ampliar la expresión libre y directa de la gente. Como en el mundo del arte: sin control, sin ataduras, sin instructivos ni reglas.
3. Finalmente, desde una perspectiva social, digamos de orientación sociológica, sitio*TAXI puede verse como una ventana de doble vista, de dos canales, interactiva, más o menos como el espejo de Alicia.
Por un lado es una ventana que, abierta por el arte, sirve también de escaparate y proyección de historias de vida que dan cuenta del ir y venir, del ser y el estar de autores sociales concretos, que viven la ciudad como cualquiera de nosotros, salvo que la recorren todos los días en trayectorias kilométricas. Esas historias de vida (veánse las páginas del sitio) no sólo son la expresión de los taxistas, sino también fragmentos de un modo (social) de ser, de una manera gremial de mirar, de un estilo de vida, una forma de estructurar, representar, escenificar y vivir la ciudad. Percibimos en ellas a un imaginario social, quizá local, que nos habla de una identidad, de una comunidad con rasgos afines. Vemos entonces representaciones de esa forma de ser: símbolos, palabras, expresiones, sujetos, objetos, iconos, manifestaciones. Corrobore el lector mismo las evidencias y revise las páginas del proyecto en sitio*CHAMBA, sitio*AMPARO, sitio*TALACHAS, sitio*TARJETÓN, sitio*RETROVISOR (por ejemplo). Encontrará ahí imágenes in fraganti de la mordida, de accidentes viales, de parejas que se besan durante el trayecto, de taxis que se reparan en la calle, videos de autos que se pasan la luz roja del semáforo, de multitudinarias asambleas de taxistas sin placas oficiales, de avenidas congestionadas a cualquier hora del día, etc.
La apuesta de Antoni fue que esa ventana sirviera de contraimagen al gremio. Es decir, que la asumieran como suya y desde ahí contrarrestaran la información adversa que con frecuencia reciben del aparato mediático oficial. Lo que vemos, entonces, no es necesariamente político, sino fragmentos de una personalidad social de la cual podemos derivar muchos elementos que nos hablan, a su vez, del contexto en el que esa personalidad social se desenvuelve.
Y esa es, precisamente, la otra cara de la ventana: en esas arbitrarias escenas del mundo de la vida observamos reflejos insolentes --incongruencias, inconsistencias-- de la estructura social, del sistema operativo, de la sociedad toda. El espectador que haga una revisión cuidadosa podrá ver lo que está "al otro lado de la ventana": eso que explica que en ese mundo de la vida haya un amparo, una mordida, un tarjetón, una organización oficial, otra periférica, un control, un número, una placa, una sigla, una cuota, un poder. Notará que el mundo del taxi está entramado en un orden social que le impone rasgos, conductas, patrones, secuencias. Muchas de estas características nos hablan irremediablemente de un sistema social arbitrario, barroco, complejo, burocrático, arduo, caro, ineficiente, lento e injusto, al cual no sólo hemos todos contribuido sino que también nos hemos hecho inmunes, indiferentes, permisivos.
sitio*TAXI abre así una ventana de exploración sociológica interactiva: una mirada de dos canales que, yendo de lo particular, del teléfono celular de un taxista un día cualquiera en ciudad de México, nos lleva a lo más general, a la forma en que los mexicanos hemos organizado nuestra ciudad, en que la hemos construido, pasando por todas las contradicciones y anomalías empleadas para ello. Abre la posibilidad de volvernos a sensibilizar ante ellas, de despertarnos de la costumbre y la indiferencia, de recuperar de nuevo la capacidad de asombro y de sorpresa.
Jorge Morales Moreno
sitio*TAXI, publicación del Centro Cultural de España en México DF, abril 2004

